Columna de María José Alarcón, Directora de Compliance y Gobierno Corporativo de Eticolabora.
Advertencia: esta columna contiene referencias generales a la trama, pero no revela su desenlace.
Hace unas semanas vi I Will Find You, una miniserie de Netflix basada en la novela de Harlan Coben. La historia comienza con una premisa inquietante: David Burroughs está en prisión, condenado por el asesinato de su hijo. Años después, una fotografía pone en duda todo lo que parecía resuelto: el niño podría estar vivo.
No es necesario haber visto la serie para seguir esta reflexión. Basta hacerse una pregunta: ¿qué pasa cuando confiamos en que un sistema funciona simplemente porque, hasta ahora, no nos ha dado razones para pensar lo contrario?
Ahí encontré tres lecciones que también podemos llevar al mundo del compliance.
La primera: tener controles no significa que funcionen.
En las organizaciones podemos tener políticas, matrices de riesgo, procedimientos, aprobaciones y declaraciones. Todo puede estar correctamente documentado y, aun así, existir una falla.
Por eso, más que preguntarnos si el control existe, deberíamos preguntarnos si realmente funciona. ¿Alguien lo revisa? ¿Detectaría una irregularidad? ¿Sigue teniendo sentido después de varios años?
A veces nos tranquiliza demasiado encontrar el documento, la firma o el check. Pero el verdadero desafío comienza después.
La segunda lección tiene que ver con algo muy humano: tendemos a confiar en aquello que ya damos por cierto.
En la serie, una nueva información obliga a volver a mirar un caso que parecía completamente cerrado.
En las empresas pasa algo parecido. Lo escuchamos con frecuencia: «ese proveedor trabaja con nosotros hace años», «nunca hemos tenido problemas», «siempre lo hemos hecho así» o «eso ya se revisó».
Y probablemente sea cierto. El problema aparece cuando esos antecedentes se convierten en una razón para dejar de preguntar.
Un buen sistema de compliance no debería limitarse a encontrar respuestas. También tiene que permitirnos revisar si esas respuestas siguen siendo válidas.
La tercera lección es de gobernanza: la confianza es necesaria, pero no reemplaza los contrapesos.
Ninguna organización puede funcionar desconfiando permanentemente de las personas. Pero tampoco debería depender exclusivamente de la confianza.
Hay decisiones que requieren una segunda revisión, información que debe quedar trazable y funciones que conviene separar. No porque necesariamente esperemos que alguien actúe mal, sino porque los buenos sistemas también deben prevenir errores, detectar desviaciones y evitar que una sola persona concentre demasiado poder.
Quizás esa sea una de las ideas más interesantes que deja la serie llevada al mundo de las organizaciones: muchas veces el problema no es que falten reglas o procedimientos. El problema es que dejamos de preguntarnos si realmente están funcionando.
Y esa pregunta, en compliance, vale mucho más que cualquier check.


