Columna de Amanda Larraechea, Gerenta de Proyectos de Eticolabora.
Cada año, el proceso de reportar sostenibilidad en una organización sigue un ritmo parecido. Los equipos coordinan datos entre áreas, revisan indicadores durante horas y enfrentan la presión de cumplir con plazos y formatos. Es un ejercicio que consume recursos y genera tensión. Aun así, es necesario. La pregunta es qué hacemos con esa inversión.
El “Estudio Anual 2026 Screening Memorias Anuales NCG 461 – NCG 519 – NIIF S1 – NIIF S2” de GovernArt analizó los reportes de sostenibilidad de las 30 empresas del IPSA chileno. La completitud promedio llegó al 85%, cuatro puntos más que el año anterior. Las empresas están llenando mejor el formulario. Pero la calidad de las prácticas que sustentan lo que reportan bajó dos puntos, llegando al 55%. Más forma, menos fondo.
Esto no significa que la sostenibilidad esté en retirada. Al contrario, la dirección regulatoria es clara. A partir de 2027, las empresas chilenas deberán aplicar las normas NIIF S1 y S2, que equiparan los reportes de sostenibilidad con los estándares de la información financiera. La presión para reportar va a aumentar. Pero el dato del estudio invita a una pregunta que vale la pena hacerse antes de que esa presión llegue con más fuerza. ¿Estamos usando el reporte como herramienta de gestión, o simplemente estamos cumpliendo?
Porque cuando reportar se convierte principalmente en una obligación, ocurre algo predecible. Los equipos se concentran en completar el indicador, no en entender qué dice ese indicador sobre el negocio. El reporte deja de ser una mirada hacia adentro y se transforma en una transacción de datos. Las casillas se llenan, el informe se envía, y el proceso sigue adelante. Lo que se pierde en ese camino es justamente lo más valioso.
Un reporte de sostenibilidad bien hecho obliga a la organización a hacerse preguntas que de otra forma no se hace. Obliga a identificar dónde hay brechas reales entre lo que decimos y lo que hacemos. Obliga a decidir qué se va a hacer con esa información. Esa reflexión no ocurre sola. Requiere tiempo, personas, y una disposición genuina a mirar el negocio de manera honesta.
En ese contexto, la inteligencia artificial puede acelerar el trabajo de captura y estructuración de datos, lo cual es útil. Pero también puede acelerar el problema si la reflexión ya era débil. La IA puede ayudar a ordenar y redactar, pero la explicación de gestión como, por ejemplo, identificar qué significa un indicador para la estrategia del negocio o declarar qué se hará con una brecha detectada, sigue requiriendo inteligencia organizacional. Si esa parte desaparece, el reporte se vuelve más eficiente y al mismo tiempo más vacío.
La buena noticia es que el dato de GovernArt también muestra que hay espacio real para mejorar. El 85% de completitud es una base. El desafío ahora es que la calidad acompañe, lo que no depende solo de los equipos que redactan el reporte, sino de que la alta dirección esté dispuesta a usar esa información para tomar decisiones.
Eso es, en el fondo, lo que distingue un buen reporte de uno que solo cumple. El verdadero valor aparece cuando esa información modifica una decisión, revela un riesgo que no estaba siendo gestionado u obliga a revisar una prioridad. No está en el formato ni en el volumen de indicadores, sino en si la organización, al terminar el proceso, sabe algo más de sí misma que al comenzarlo.



